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Cofradías de Villacintor

CONGREGACIÓN DEL ROSARIO GRANDE.

Formada por mujeres mayores. Hacían lo siguiente: rezaban el Rosario Grande, ante el altar del Sagrado Corazón de Jesús. Cuando había un difunto, lo hacían los primeros domingos de mes. Después que el sacerdote rezaba el normal, que era de cinco misterios, las mujeres rezaban el Rosario Grande, que era de quince misterios.

 

CONGREGACIÓN DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS.

Eran y son mujeres casadas. Tienen su propia fiesta el primer domingo de junio. Tienen su propio altar y se distinguen por su doble escapulario: dos cintas por los lados del cuello, coloradas: un escapulario en el pecho y otro en la espalda, rectangulares, casi cuadrados, de fondo marrón y un pequeño corazón en el centro de color rojo.

Cuentan con su propia imagen, que sacan en algunas procesiones y, ante todo, su estandarte, que muestran en la mayoría de las procesiones. Es de colores oscuros, dominando el marrón.

 

CONGREGACIÓN DE LAS HIJAS DE MARÍA.

Eran las jovencitas de quince para arriba hasta que se casaban. Tenían una medalla de la Inmaculada, de metal, colgada al cuello por una cinta de color azul. Cuentan con su altar de la Inmaculada, y su pendoneta de colores claros, dominando el azul, que sacaban en todas las procesiones.

Había una presidenta, una tesorera y dos mayordomas, más otras dos segundas mayordomas. Estas cuatro tenían la misión de organizar la iglesia: velas, ropas de imágenes, andas y demás.

La Presidenta además de su trabajo de jefa, llevaba la pendoneta, ayudada por otras dos.

Estas jovencitas o Hijas de María tenían las siguientes obligaciones o devociones: además de organizar la iglesia, se juntaban tres con buena voz y cantaban en las novenas, procesiones, calvarios, las siete palabras, el Rosario por las calles (en el mes de octubre), las flores (en el mes de mayo), en el mes de María, el encuentro (el día de Pascua), que era su fiesta.

Las visperas preparaban un palo largo; de medio para arriba lo ensanchaban como podían y lo cubrian con una tela blanca y cintas. En esta tela cosían venticinco rosquillas de tamaño grande, que ellas mismas preparaban. Este ramo (así le llamaban) lo llevaba una de ellas al azar, a la iglesia, dicho día de Pascua y lo sacaban en la procesión. Había un negrillo muy grande, a doce metros de la iglesia y los hombres por un lado y las mujeres por otro, al juntarse, cantaban el encuentro. Cuando terminaban, el señor cura cantaba el «Regina Celi» camino de la iglesia.

Cuando salian de misa las hijas de María por casas, calles y plazas con papel y pluma, las gentes las mandaban escribir (sobre todo los mozos) nombres, apodos y más cosas, cobrando una cantidad por cada nombre. Luego se reunían en casa de la tesorera, cortaban cada nombre en un trozo que llamaban papeletas, las echaban en una bolsa de tela y, por la tarde, un señor ya mayor las leía con la presencia de todo el pueblo. Cuando salía una papeleta que decía «Ramo de la Virgen», era la afortunada. A esta persona le llevaba las roscas en una cesta, aquella que había el ramo en compañía de una amiga. Les daban de merendar y, además, tenían derecho a una de las roscas, la más grande.

 

COFRADÍA DE LA SANTA CRUZ - COFRADÍA DEL SANTÍSIMO

Mucho tiempo fueron dos, pero con los mismos derechos y obligaciones. Hay documentos de ellas fechados en 1719 y actualmente tienen 3 tierras con sus correspondientes títulos.

La primera tenía una gran cruz de dos metros de altura y muy pesada. Dos varas de mando que terminaban en una cruz y la segunda un gran crucifijo no menos pesado y dos varas de mando que terminaban en una forma parecida a una lira. Comparten un altar, el altar del Santo Cristo.

Los hombres tenían su uniforme: una capa más o menos fina con esclavina: algunos no llevaban esclavina, llevaban por dentro una especie de chaleco, con botones, esto se llama «el carre».

Tenía una junta o directiva compuesta por hombres: el número uno era el abab, acompañado de un mayordomo y un contador. Estos entraban por vereda: si uno este año era el contador para otro año mayordomo y para otro abad, otros dos que solían ser jóvenes, eran los cuadrilleros.

Tenían días en los que era obligación asistir bajo castigo en metálico; las mujeres nunca tenían castigo, vigilándolo el contador (y cobraban los tres, visperas de la cruz de mayo). Estos días eran los siguientes: todos los domingos terceros de mes, que eran días de culto, todos los días de las misas mandadas por el Cabildo, que así se llamaba al conjunto de hermanos, en especial la Cruz de septiembre y de mayo, los entierros, la procesión de Jueves Santo, la de Santa Eulalia patrona del pueblo y la del Corpus Christi, fiesta mayor del pueblo. Estos días era obligación llevar la capa y daban vela: a los cuarenta que eran de las dos cofradías les daban dos; una normal y otra mas gruesa, al resto de los hermanos varones solamente una, pero nueva y larga que repartían los cuadrilleros.

Las mujeres se colocaban en la iglesia cerca del altar mayor, desde las gradas de la cúpula hasta media iglesia. Tenían hacheros adosados que hacían filas, con agujeros para colocar dos o más velandones.

Detrás de los hacheros, en el suelo, ponían una pequeña alfombra y delante una pequeña almohada para arrodillarse; nunca se ponían de pie, o arrodilladas o agrulladas. Se las llamaba sepulturas, que eran como propias, pasaban de madres a hijas y las que no la tenían, debian sentarse sin alfombra y sin almohada, al final de la iglesia.

A las mujeres que eran de la cofradía les daban una sola vela, pero corta, muy corta, se las ponían en una gran cesta de mimbre a la entrada de la iglesia.

Debo decir que todas las velas llevaban una arandela para que no cayera la cera derretida.

Estas cofradía tenían una esquila grande con mango de madera que tocaban las mujeres de la cofradía después de ponerse el sol y antes de oscurecido, la obligación era tocarla un día, y por devoción había quien la tocaba un mes o más, constumbre que permanece. Hace años, las que estaban en la calle o desde casa la oían se colocaban alrededor de quien la tocaba, y decían la siguiente oración:

«Fieles, cristianos, amigos, hermanos, de las benditas ánimas del purgatorio aliviarlas con un padre nuestro y un ave María, por los cofrades difuntos».

Los entierros.

Cuando fallecía un miembro de la cofradía, abría la puerta de la ermita, el mayordomo y con la esquila mencionada y otra mucho más pequeña, daba la vuelta al pueblo. Todos sabían lo que significaba: era para invitarles a rezar. Las mujeres no tenían castigo, pero los hombres sí: en metálico, como hemos dicho. Si el difunto era un hombre, había que rezar dos estaciones y , si era mujer, una.

Al día siguiente, iban de procesión, el sacerdote y todo el pueblo, los de la hermandad con capa y vela (a casa del difunto). Le llevaba a la iglesia cerca del altar, con la caja transportada a hombros de sus familiares. A veces, muy pocas, y hasta el año veinte, la caja no era propia: existía una caja de la parroquia que servia para transportar a los difuntos y luego se retiraba.

Terminado el entierro, los hermanos de la cofradía volvían para la iglesiá con el abad delante.

Antes de la misa, lo colocaban ante el altar, llevaban una ofrenda, que era un panecillo de kilo llamado «oblada»; le hacían un pequeño agujero y colocaban una cerilla, una pequeña vela que hacían con cera de abejas y una jarra grande de vino.

Noviembre mes de las ánimas

El primer día, el día de todos los Santos, días de capa y vela. En la misa de este día hacían ofrenda todas o casi todas las mujeres del pueblo, pero sólo de «oblada» y cerilla, que iba a manos del señor cura. Los chiquillos le ayudaban a bajarlo y en casa lo hacían trocitos, que luego el cura repartía con todos los niños y niñas, que llamaban «el picacho». También a dos o tres mozos les daba alguna de las obladas, puesto que se comprometían a tocar las campanas un ratillo todas las noches del mes (tocar a las ánimas).

En este mes y durante todo él hacían la novena de las ánimas. Como todas las novenas ponían en alto la imagen córrespondiente; encima de una mesa colocaban una escalera de tres o cuatro banzos de tabla, lo cubrían todo con una tela negra o muy oscura, marcaban los banzos aplastando la tela y colocaban calaveras una debajoo y otra más arriba, y una vela encendida a cada lado, que a los chiquillos nos hacía miedo, es decir, el «catafalco».

Los domingos terceros de mes

Estos eran días de culto especial. Al terminar la misa los cuadrilleros repartían velas a los hombres que pertenecían a la Hermandad, los otros se salían.

Empezaba la procesión sin salir de la iglesia, se componía solo de hombres con capa y vela. El sacerdote bajo palio seguido del abad y los otros miembros de la directiva, detrás todos los otros. Al terminar la procesión y ante el altar, todos de rodillas, rezaban por los difuntos del año y por todos en general.

Cruz de mayo día tres.

Este día es muy especial para los miembros de estas cofradías. Tienen misa de capa y vela, pero, al final de ésta, el abad rezaba por los difuntos de todos los hermanos de la cofradía. Seguidamente, el abad leía en alta voz las cuentas del año y hacia los nuevos nombramientos. Al domingo siguiente el abad saliente daba una merienda a todos los de la directiva, incluidos los cuadrilleros, salientes y entrantes y a los que entraron por hermanos aquel año. Esta merienda era a base de pan, vino y huevos cocidos.

Procesión de Jueves Santo.

El sacerdote se vestía como para decir misa pero, en vez de ponerse casulla, se ponía una capa oscura y un humeral a juego; levantaba en alto la custodia, los de la cofradía preparados con los pasos, capa y velas, las varas de orden, la cruz y los faroles. Todos a la calle con dirección a la ermita. Ya en ésta el sacerdote hacía las ceremonias correspondientes y luego les tocaba el turno a los de la cofradía, primero el contador. Durante la cuaresma todos los del pueblo, y con más motivo los de la cofradía, se confesaban y comulgaban «cumplir con Pascua». El contador les hacía la siguiente pregunta: «,Has cumplido con Pascua?», y cada uno le contestaba que sí.

Luego el abad subastaba la gran cruz y el gran crucifijo. Estos pasos siempre los llevaba el mismo todo el año, uno la cruz y otro el crucifijo, salian y daban la vuelta al pueblo cantando el rosario de la Buena Muerte, momento en que se veían lumbradas que los mozos hacían. Ya dentro de la iglesia, las cantoras, hijas de María, cantaban las siete palabras y el sacerdote, ayudado por otros, leía la pasión.



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